EditorialCrónica personal
Crónica personal · 8 min de lectura · 01 jul 2026
4

El Primero: la planta donde crecían los juguetes

No tenía todos los juguetes del mundo, pero los veía todos. La historia de una juguetería de finales de los noventa contada desde dentro, y de lo que quedó cuando se apagaron las luces.

Programador_Explotado
Por Programador_Explotado
Especialista residente · Sala51
El Primero: la planta donde crecían los juguetes

Crecí en una juguetería, y cuando lo cuento la gente imagina lo que no fue: un niño enterrado bajo cajas, con un juguete nuevo cada semana. La verdad es más sobria. No me educaron para pedir, no estaba saturado de nada, tenía mis regalos de cumpleaños y de Navidad como cualquiera, casi todos salidos de la tienda y poco más. Lo que me distinguía no era poseer, era mirar. Tenía delante el catálogo entero de una época: las cajas antes de abrirse, las novedades antes de serlo, los escaparates montándose y desmontándose. La infancia, en mi caso, venía con vitrina.

La tienda era de mis abuelos y yo vivía en el mismo edificio. En casa llamábamos «El Primero» a la planta de la juguetería, así, con mayúscula, como quien nombra un país pequeño y conocido. No nació siendo una tienda de videojuegos: era una juguetería tradicional que los dejó entrar poco a poco, casi a regañadientes. Pero nada más subir las escaleras, a la derecha, había un mostrador de cristal que terminó siendo el centro de todo. Lo veías el primero. Lo dejo para el final, que tiene su razón.

Antes que la tienda, la oficina

Si tengo que empezar por algún sitio, empiezo por el despacho de mi abuelo. Una habitación alargada y oscura, de maderas apagadas, con esa penumbra de los lugares donde se trabaja de verdad y no se recibe a nadie. Allí estaban los papeles del negocio, y allí, sobre la mesa, hacía los carteles a mano: unos moldes metálicos con letras, rotuladores, y la paciencia de levantar un anuncio trazo a trazo. Recuerdo carteles para una consola nueva de Nintendo escritos con esa caligrafía lenta. Era comercio artesanal, de antes de que un cartel se imprimiera en treinta segundos. Cada anuncio tenía manos detrás.

De esa oficina salían también los folletos. En Carnaval y en Navidad, la tienda imprimía los suyos y los repartía por los colegios de los pueblos de al lado. Y aquí está uno de los recuerdos que más me dura: yo estaba en clase, en mi colegio, y un día veía entrar los folletos de la tienda de mis abuelos. Para el resto eran papeles de publicidad, de los que miras por encima. Para mí era ver entrar por la puerta del colegio un pedazo de mi casa, una parte de mi familia colándose en mi vida de fuera. No tenía palabras para eso entonces, pero lo vivía con un orgullo callado, casi secreto.

La tienda como mapa del deseo

Subir las escaleras era entrar en un mapa donde cada pared tenía su edad y su público. Estaban los juguetes de siempre —construcción libre, circuitos de coches que montabas y desmontabas, figuras con las que libraba batallas yo solo durante horas— y estaban los terremotos de la época, esos juguetes que de pronto lo cambiaban todo: los que parecían vivos y te respondían, las peonzas que se probaban en una arena antes de comprarlas, las cartas que coleccionaba medio colegio. Por encima de todas las marcas reinaba una, la grande del momento, detrás de medio universo de juguetes ligados a las series de televisión.

Pero si tuviera que nombrar una sola cosa que lo atravesaba todo, no sería una marca ni un pasillo. Sería Pokémon. No era una sección de la tienda: era una fiebre. Lo vivimos allí entero, el boom completo, y se metía por todas partes, en las consolas, en las mochilas, en los juguetes, en las cartas. No había manera de aislarlo en un rincón porque estaba en todos a la vez.

Esa es, quizá, la idea que más me importa transmitir. Una juguetería de aquellos años no era un almacén de productos: era el termómetro de lo que una generación deseaba. Lo que se vendía, lo que se agotaba, lo que un niño señalaba en el escaparate sin atreverse a pedirlo. Yo tenía ese termómetro encima de casa.

El mostrador

Ahora sí, el mostrador.

La tienda no nació siendo un referente de videojuegos, y si acabó siéndolo fue en parte por mi culpa. Le insistí a mi abuelo, le presioné como solo un niño puede presionar, para que trajera consolas y juegos. Él, que de tonto no tenía un pelo, vio enseguida que aquello se vendía y dejó que el mostrador creciera hasta convertirse en mi sitio. Allí me sentaba muchas tardes, detrás del cristal, con mi Game Boy, jugando mientras los mayores atendían. Por encima colgaban los carteles sujetos con sedal de pesca, como flotando: Nintendo, Mario, Zelda.

De aquel rincón guardo dos memorias que se imponen sobre las demás. Una es luminosa: la Game Boy y sus Pokémon, y dentro de ellos el Amarillo, que llegó cuando yo ya había terminado los anteriores y aun así fue distinto. Llevar a Pikachu siguiéndome, poder hacerme con los tres iniciales, sentir por un momento que el juego se parecía a la serie y que yo era Ash. Si existe una cima emocional en toda esta historia, está ahí, aunque me niego a convertir el recuerdo en una lista de mejores.

La otra memoria es más oscura, y es la que de verdad me marcó.

Majora's Mask

Lo vi en el escaparate de abajo, el que daba a la calle. No fue un «qué ganas de jugar a esto»; fue una orden interior: *tengo que jugar a esto*. El anuncio se me quedó grabado, un niño jugando mientras la Luna se acerca, amenazando con caer, con esa cuenta atrás encima. La máscara y la Luna daban miedo y atracción a partes iguales. Para un crío pequeño, aquel juego tenía algo casi terrorífico.

Lo tuve y no lo entendí. Me superó. No existía el internet de ahora para mirar una guía en dos clics, así que me quedé atascado, explorándolo todo sin avanzar, chocando una y otra vez contra puertas que no se abrían porque no era el momento del juego. De adulto volví, lo terminé y entendí su grandeza: que algunas mecánicas han envejecido, sí, pero que su atmósfera y su tensión siguen intactas tantos años después. De niño me venció; de mayor lo comprendí. Las dos cosas son ciertas y no se contradicen. Quizá eso sea, en el fondo, lo que hace grande a un juego: que crezca contigo.

¿Dónde acabó todo eso?

Es la pregunta que cualquiera que coleccione se estaría haciendo desde hace varios párrafos. La respondo, aunque no me deje del todo tranquilo.

Por la edad de mis abuelos, la planta cerró. Y al cerrar, casi todo se quedó dentro: expositores, carteles, juegos precintados, mobiliario de marca, luminosos, material promocional. Alguien vino y se llevó lo que aún tenía salida comercial; dejó, precisamente, lo antiguo, lo que entonces no parecía valer nada y hoy seguramente valdría más. Aquello pasó años a oscuras, cerrado, sin que nadie lo tocara, conservándose bien justo por no usarse. Y cuando llegó el momento de dar otro uso al edificio, se vació en lote, como quien vacía un almacén: todo al camión y fuera. No sé dónde acabó.

Me imagino que algo de aquello terminó en manos de coleccionistas. No me extrañaría que alguna de esas piezas esté hoy en una vitrina de alguno de vosotros, sin saber que pasó veinte años en la oscuridad, encima de la casa donde yo crecí.

» Para ti
¿Tienes una pieza para consultar con nuestros especialistas?
Consultar especialista
¿Te ha resultado útil? Déjalo saber al especialista.
4Inicia sesión para dar me gusta

Sigue leyendo.